Este hermoso oficio nos permite conocer gente diversa, importante toda, famosa alguna (como Mr. Blatter) . Viajar a montones de lugares y no conocerlos, estar aquà y en todas partes, allá y en ningún lado. He tenido la oportunidad de estar presente en los tres últimos Mundiales, en Francia, Corea y Japón y Alemania y me he dado cuenta de que si uno quiere gozar un Mundial, como lo hacÃa antes, ver todos los partidos, aprenderse de memoria todos los goles, lo último que tienes que hacer es cubrirlo. Y que no se mal entienda, profesionalmente es maravilloso estar en el lugar de los acontecimientos, pero los desplazamientos, los envÃos de notas, las situaciones de hospedaje, traslados, comidas, y otros pormenores que se deben resolver en el dÃa a dÃa (sobre todo cuando no se viaja con una de esas mega empresas que llevan gente sólo para dedicarse a eso y facilitar la labor de los enviados), le impiden a uno tener el tiempo suficiente para estar al tanto de todo lo que ocurre en un Mundial con la calma y el detenimiento que uno desearÃa.
Por ejemplo, en el Mundial de Francia, que fue en cuanto a distancias y viajes mucho más amable que el del 2002 y el 2006, estuve presente en 22 juegos directamente en los estadios, pero del resto, acaso pude ver por TV dos o tres juegos, y todavÃa hoy, de vez en cuando veo un video con algunos goles que ni siquiera recuerdo haber visto antes (lo que no me ocurre con los tantos de los Mundiales de 1982, 1986, 1990 o 1994 que vivà integramente desde el TV o como simple espectador). Y no se crea que acudir a un Mundial permite conocer un lugar. Son tantos los viajes y tan breve la estadÃa en cada ciudad sede que en ocasiones uno olvida el lugar en el que se encuentra, y todavÃa hoy, confundo Lens con Lyon o Saint Etienne, o Gelsenkirchen con Hanover o Nuremberg. Muchas de esas ciudades uno las recorrió dos, tres o hasta cuatro veces, pero en una misma ruta, de la estanción de trenes al estadio y de regreso.
Además el cambio de horario impone una dinámica distinta, pues aunque sea favorable, y permita tener más tiempo para el envio de notas y reportajes (en Europa, cuando los partidos terminan a las 10 o 11 de la noche aquà apenas son las tres o cuatro de la tarde y los diarios cierran varias horas después) eso también acaba por reducir las horas de sueño. Recuerdo que, por ejemplo, en Francia 1998 tenÃa una conferencia diaria con el jefe de la sección de Deportes de La Crónica, el entrañable Antonio Marimón (qepd) a las ocho de la noche de aquÃ, que eran las tres de la mañana de ParÃs.. A esa hora aún estaba en el centro de prensa y sabÃa que al dÃa siguiente, normalmente, debÃa tomar temprano un tren para viajar a otra ciudad y tener otra jornada que terminarÃa nuevamente hasta las 3 o 4 de la mañana. Pese a ese intenso ritmo de trabajo y a que en esos eventos uno no tiene dÃa de descanso, porque hasta cuando no hay partidos hay que ingeniarselas para crear información, en esa atmósfera y con la adrenalina de cubrir estos eventos uno tarda varios dÃas en dar signos de agotamiento. Esos se acumulan de golpe para la última semana del Mundial, que se vuelve lenta y tediosa, y uno llega a la Gran Final (el objetivo que nadie quiere perderse) deseando que todo acabe de una buena vez. Y no se confunda, no es queja, periodÃsticamente no hay nada mejor que acudir a uno de estos eventos, sólo quiero consignar que eso que sin duda es un sueño (y causa enorme envidia y disputas internas en diversas redacciones) está lejos de ser una invitación de lujo a un gran evento. Es en realidad un reto maravilloso pero brutalmente desgastante en lo fÃsico y mental. O lo resumiré con una expresión más entendible: es una hermosa joda.







